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lunes, 16.01.2012

Subo al metro en Abando. Línea 2, dirección Santurce. Oriento la parabólica. Como la Marina y la ciencia no son temas que despierten mi entusiasmo, enseguida vuelvo a mis cosas. Miro el paisaje mientras me peleo con el móvil. Pocos minutos después estábamos en Portugalete.

Comienzo a bajar y bajar en búsqueda de la ría. De vez en cuando me giro, tanteando una referencia para el camino de vuelta. Pero sin prestar demasiada atención. Encontraría otra ruta. Me “pone” la aventura.

Cae la primera foto. Basílica de Santa María. Siglos XV-XVI. Gótico-renacentista. La rodeo. Echando un ojo, me fijo en los “contrafuertes” ¿Arbotantes? No sé. Eso me hace viajar a mis clases, a mi profesora. Inevitable sonreír.

Y ya se avistaba la Ría. A la derecha, los muelles; a la izquierda, imponente, el puente de Vizcaya. Y más a la izquierda, el mar. Necesitaba verlo. Sentirlo. Olerlo. Tocarlo. Necesitaba confesarle mis risas y mis llantos. Creo que él también me necesitaba. Estaba un poco más cerca.

Sigo bajando. Las calles son estrechas, en pendiente. Me recuerda mucho a Toledo… ¡hay hasta escaleras mecánicas! Pero en Toledo las calles son más estrechas y los balcones están menos cuidados. ¡Al no ser que en Toledo no reparara en las flores…!

35 céntimos de euro y poco más de un minuto fueron suficientes para cambiar de aires. Guecho es un pueblo precioso, pienso. Lástima el terror que han sembrado los cabrones de la ETA. Porque el sol, la playa, el mar, el verde, el puerto, el sonido de las gaviotas, las bonitas construcciones y la tranquilidad se entremezclan con sus buenas gentes.

Paro a una señora. Jamás lo hice. Siempre fui tímido. Sin embargo, me encontraba tan cómodo, me encandilaba tanto aquella postal, que me veía en la obligación. La felicito por ello. No obstante, ella me da otra perspectiva. El dinero ha ensombrecido la costa.

Sigo mi camino. Tres cuartos de hora me separan del faro. Suficientes para conocer detalles de la arquitectura ecléctica, inglesa y regionalista. El paseo sigue siendo ameno. En estas me cruzo a Bielsa con su señora. Majos. Ojalá tengan suerte.

Tocaba pequeño descanso en Ereaga. Esa playa es más grande y, al tener una salida más directa al mar, está mucho más limpia. Una mujer pasea a su perro. Un hombre juega con su cometa. Y dos adolescentes ‘enamoriscados’ se abrazan disfrutando la puesta de sol.

Un paseo estrecho me separa de mi objetivo. Allí hay de todo. Autóctonos. Turistas. Personas que emigraron. Unos pasean. Otros pescan. Los hay que intentan descubrir o, simplemente, despejar la mente.

Por uno de esos casuales, -en este caso, una simple foto- entablo conversación con un hombre. Se llama Julián y, aunque de Ciudad Real, casi vasco. Un hombre sencillo y cultivado. Economista. Hacemos migas y me invita a merendar. Me apetecía mucho. Disfrutamos durante bastantes minutos. Lástima que el tiempo pasara. Al menos me acompañó hasta Gobela.

Julián es de esas personas que quizá jamás vuelva a ver, pero que te alegras toda toda tu vida de haber conocido. Digamos que te hace creer en ti. En tu forma de ser. En los pequeños detalles. El mundo es así. Es más sencillo de lo que parece.

Bilbao no fue sólo fútbol. Aprendí que hasta ahora me he perdido muchas cosas. Que hay gente que te sorprende. Que el que busca, encuentra. Y que no es necesario viajar acompañado para pasarlo bien.

Se trata únicamente de abrir los ojos. Hay tanto por descubrir que uno no puede dejar de ser feliz. Cada día lo soy un poquito más. Me siento afortunado.

ESKERRIK ASKO 🙂