La palabra equipo trasciende mucho más allá de lo que ocurre simple y llanamente sobre el terreno de juego. Un equipo es un grupo unido y comprometido con la consecución de un bien común, donde el reparto de roles y protagonismo sobre el verde son clave, sí, pero no lo son todo.
Para que un bloque alcance el éxito necesita que todas sus piezas trabajen, aporten y empujen, ya sea en el propio césped o en las entrañas de un vestuario. Por ello se torna vital contar con jugadores que cuando el viento quizás no les sople tanto a favor, sepan cuidar y mimar a sus compañeros como el que más. Este es el caso de Rafa Gálvez.
El cordobés regresó el pasado verano al Albacete Balompié con la vitola de hombre insignia y líder de un proyecto con una ambición enorme: regresar al fútbol profesional. Él ya conocía cómo era recorrer ese camino defendiendo este escudo, por lo que su capitanía era bien merecida. Sin embargo, con el paso de las semanas y meses su figura a nivel deportivo ha ido «perdiendo fuerza». Está muy caro jugar en este Alba, y él es plenamente consciente de ello.
Aun así, la actitud que está demostrando el bueno de Gálvez es digna de elogio. Cada gesto y cada detalle demuestran que verdaderamente siente y ama estos colores, confirmando que es el referente perfecto para este equipo.
Quizás, pronto le toque volver a competir con mayor asiduidad con la elástica blanca. Seguro que cuando eso llegué él estará preparado y comprometido como el que más, porque a nadie le cabe la menor duda de que trabaja y lucha para ello cada día. Aunque, independientemente de si esto sucede o no, puede estar tranquilo porque, y me permito el lujo y el atrevimiento de afirmarlo, seguro que la mayoría de aficionados creen con firmeza que sigue siendo digno merecedor de distinguirse con el sello de auténtico CAPITÁN.