Escrito por: Rodrigo Quero
domingo, 22.06.2025
Precioso. Emocionante. Histórico. Lo que se vivió anoche en el Carlos Tartiere fue una de esas imágenes que dignifican el fútbol: Santi Cazorla, con casi 41 años, celebrando el ascenso a Primera División con el equipo que lo vio nacer. Lo hizo tras haber bajado al barro, literalmente, hace dos años. Lo hizo cobrando el salario mínimo profesional. Lo hizo por amor a unos colores.
No lo necesitaba. Cazorla no tenía ninguna obligación de volver. Podía haberse retirado tranquilo, con su carrera más que completa, con títulos, con prestigio, con dinero en el banco. Pero hizo lo que pocos hacen: bajó al barro, literalmente, para ayudar a subir al equipo que le vio nacer.
Dos años atrás, cuando regresó al Tartiere, muchos pensaron que era un gesto simbólico, un último baile sin mayores pretensiones. Pero no. Vino para competir. Para sumar. Para tirar del carro. Y aceptó hacerlo cobrando el salario mínimo profesional. Sin focos. Sin lujos. Solo con fútbol y compromiso.
La temporada pasada estuvo a punto. El Oviedo cayó en la final del playoff. Cazorla, lejos de bajarse del tren, renovó una temporada más, a sus 39 años. Este curso, lo ha conseguido. Ha sido pieza clave y ha marcado en la final. Nadie le regaló nada. No vino a firmar autógrafos ni a sacarse fotos. Vino a ayudar. Y ayudó.
A veces se idealiza a los que lo ganaron todo y decidieron terminar sus carreras en destinos exóticos. Pero hay gestos que pesan más que los millones. No por lo que se cobra, sino por lo que se deja. Por lo que se representa.
Cazorla eligió volver a casa. Y eligió hacerlo cuando más falta hacía.
No todos lo hacen. No todos quieren. No todos se atreven.
Pero cuando ocurre, como este domingo, el fútbol se llena de verdad.