Escrito por: Rodrigo Quero
domingo, 16.11.2025
Hay entrenadores que viven de la épica. Otros, del discurso. Pero Alberto González vive de algo mucho más peligroso: del enfado del albacetismo. Cada vez que el entorno se calienta, él aparece con un extintor en una mano y tres puntos en la otra. Un estilo de vida.
El partido contra el Andorra fue otro capítulo de esta saga. La primera parte no gustó. Nada nuevo. Las críticas seguían calentitas desde Ipurua —sí, ese día en el que el árbitro decidió que el VAR también podía ser un arma ofensiva—. Pero con Alberto ya se sabe: cuando parece que la tarde apunta a incendio, él sale del túnel con la calma de quien está eligiendo yogures en el supermercado.
Y funciona. Vaya si funciona.
Porque el técnico malagueño, ese señor que no tiene carisma de rockstar, ni frases virales, ni un máster en gesticulación, decidió que la segunda parte era un buen momento para recordarle a todos que, oye, igual resulta que sabe lo que hace. El equipo mejoró, apretó, marcó y ganó. Tres puntos. Otra vez. Como si fuera la cosa más normal del mundo.
Mientras tanto, la plantilla sigue estando “coja”, “corta”, “irregular”, “montaña rusa”… Elige la metáfora que quieras. Da igual. En un vestuario donde a veces faltan piezas, Alberto hace encaje de bolillos y el equipo sigue fuera del descenso, en mitad de tabla, respirando con tranquilidad. Él gestiona el grupo como quien moja galletas en café: sin prisa, sin ruido y sin romper nada.
Eso sí, las críticas nunca faltan. Que si el equipo no juega, que si gana por suerte, que si no convence, que si esto no es sostenible… y, sin embargo, aquí estamos: cuando las patatas queman, Alberto las coge con la mano, se las queda mirando y las convierte en una tortilla bastante resultona.
El malagueño no será el entrenador más simpático del mundo, ni el más mediático, ni el más ruidoso. Pero sigue ahí, con su tranquilidad desesperante, manteniendo al Alba en una zona de la clasificación donde no se corre peligro… y donde, por cierto, más de uno firmaría estar ahora mismo.
Al final, Alberto es como ese profesor que parecía aburrido, al que todo el mundo subestimaba… pero que luego te aprueba el examen sin que tú sepas muy bien cómo lo has hecho. Un incomprendido, criticado muchas veces en exceso, pero que responde donde de verdad importa: en el marcador.
Ayer, una vez más, mientras el ambiente pedía tormenta, él volvió a poner sol.