Escrito por: 5 más el descuento
domingo, 11.01.2026
El Albacete Balompié ha cerrado la primera vuelta con 24 puntos. Un número frío, contundente y profundamente preocupante. No solo porque deja a los manchegos lejos de cualquier zona tranquila, sino porque ni siquiera alcanza el mínimo simbólico de los 25 puntos que suelen marcar el aprobado básico al ecuador del campeonato. El dato es demoledor y explica, por sí solo, el creciente malestar de una afición cansada de ver cómo su equipo es incapaz de construir una línea sólida y reconocible jornada tras jornada.
En este contexto, las responsabilidades no pueden ni deben recaer en un único estamento. El Albacete ha entrado en una dinámica peligrosa en la que entrenador, dirección deportiva, directiva y, sobre todo, jugadores, han aportado su parte al problema.
Alberto González es uno de los nombres propios señalados. No tanto por los resultados —que también— sino por la sensación de descontrol que transmite el equipo. Sus interpretaciones de los partidos, los cambios tardíos o incomprensibles y una propuesta táctica que varía cada semana sin ofrecer soluciones han ido erosionando la confianza del aficionado. El Alba es incapaz de sostener un plan durante 90 minutos y pasa de la portería a cero al naufragio defensivo con una facilidad alarmante. El entrenador dirige el vestuario, y cuando el equipo no responde, el foco termina apuntando inevitablemente hacia él.
Pero el banquillo no es el único lugar donde se miran con lupa las decisiones. En el palco, Toché como director deportivo y la directiva encabezada por Víctor Varela conforman un círculo que tampoco ha sabido corregir a tiempo los errores estructurales del proyecto. La planificación ha dejado demasiadas dudas, con una plantilla desequilibrada, carente de liderazgo y con escasas soluciones reales en posiciones clave. La dificultad del Alba en esta primera vuelta no es casualidad: es consecuencia directa de una cadena de decisiones poco acertadas.
Aun así, los grandes señalados están sobre el césped. Y no todos, pero sí demasiados. En defensa, Jon García y Javi Moreno han concentrado la mayor parte de las miradas. La zaga del Albacete, cuando no ha contado con Vallejo y Pepe Sánchez, ha llegado a ser una de las más goleadas de LaLiga. Falta de contundencia, errores de marcaje y una alarmante fragilidad en el juego aéreo han convertido cada área propia en un lugar de peligro constante. Jonathan Gómez tampoco ha escapado a la crítica: su inicio de temporada fue directamente inasumible, y solo la llegada de Carlos Neva ha conseguido enderezar mínimamente una banda izquierda que hacía aguas.
En la medular, el panorama no es mucho más alentador. El bajón de Riki ha sido evidente, en un contexto marcado además por rumores de ofertas de Oviedo y Deportivo que no han ayudado a centrar al futbolista. A su alrededor, ni Pacheco, ni Javi Villar ni Meléndez han sido capaces de asumir galones ni dar el paso adelante que se esperaba de ellos. La irregularidad ha sido la norma, la falta de personalidad una constante. En medio de este panorama gris, solo la irrupción del canterano Capi ha generado algo de ilusión, aportando frescura y compromiso en un centro del campo demasiado plano.
En ataque, la sensación es de frustración permanente. José Carlos Lazo representa como pocos esa mezcla de voluntad y bloqueo: parece querer, pero no puede. Sus continuas titularidades, unidas a su falta de acierto, han sido una de las claves del pobre bagaje ofensivo del equipo. A ello se suma el caso de Jon Morcillo, con la cabeza aparentemente en otro sitio tras aceptar su nuevo contrato con el Almería. El Alba no puede permitirse futbolistas a medio gas. Solo el olfato de Puertas, la aparición puntual de Valverde y la regularidad de Agus Medina ofrecen algún asidero en un equipo que vive instalado en la montaña rusa.
Y si el análisis se centra en la delantera, el diagnóstico es directamente desolador. Higinio, entre lesiones y sanciones, apenas ha tenido continuidad. Dani Escriche y Jefté han dejado claro que, a día de hoy, no están para liderar el ataque del Albacete Balompié. Entre los tres suman solo seis goles en toda la primera vuelta. Un dato terrorífico que explica gran parte del desastre clasificatorio. Sin gol no hay salvación, y el Alba no tiene colmillo.
El resultado es un equipo sin regularidad, sin jerarquía y sin respuestas. Un Albacete que no ha alcanzado ni el mínimo exigible y que afronta la segunda vuelta con más dudas que certezas. Si no hay autocrítica real y decisiones valientes, el problema dejará de ser una mala primera vuelta para convertirse en algo mucho más serio.