Escrito por: Rodrigo Quero
martes, 18.08.2026
Hay entrenadores que necesitan que todo encaje para que su equipo funcione. Y hay otros capaces de encontrar una solución cuando casi nada encaja. Alberto González pertenece a ese segundo grupo. El Albacete perdió en Gran Canaria, sí. Se quedó sin puntos, encajó en el descuento y comenzó la temporada con una derrota. Pero también volvió a dejar una de esas actuaciones que explican por qué el técnico malagueño sigue siendo el hombre elegido para construir este proyecto.
Porque el contexto importaba. Y mucho.
El Albacete llegó a Las Palmas con siete bajas y con buena parte de sus problemas concentrados precisamente en las zonas donde más difícil resulta improvisar. Sin Pacheco, Agus Medina, Villar ni Capi en el centro del campo. Sin Higinio arriba. Sin Valverde ni Puertas en las bandas. Alberto tuvo que construir un equipo con piezas que no estaban pensadas para ocupar esos lugares.
Y aun así, encontró una respuesta.
Las Palmas fue superior durante el primer tiempo. El Albacete estuvo incómodo, perdió demasiados duelos y sufrió para progresar con balón. El centro del campo, formado por San Bartolomé y Ortuño, tenía poco de centro del campo convencional. Ninguno de los dos es un pivote puro y el equipo acusó esa falta de especialistas.
Hasta ahí, nada extraño.
Lo interesante llegó después.
Porque el Albacete salió del vestuario transformado. Empezó a ganar metros, a tener más balón y a instalarse cada vez más cerca de la portería de Caro. Las Palmas, un equipo diseñado para dominar, terminó defendiendo mucho más atrás de lo que probablemente hubiese querido.
Y ahí apareció el Alberto más reconocible.
El entrenador intervino. El equipo cambió. Y el partido también.
No es la primera vez que ocurre. Alberto ha demostrado durante su etapa en el Albacete que sus equipos rara vez permanecen iguales durante 90 minutos. Lee los partidos, modifica piezas y busca soluciones. A veces funcionan y otras no. Pero existe una constante: su Albacete compite.
El dato más significativo quizá no sea que el Albacete empatara el partido en el minuto 86. Tampoco que tuviera ocasiones para completar la remontada. Es que durante buena parte de la segunda mitad fue mejor que Las Palmas. Y eso tiene valor. Porque no hablamos de cualquier rival. Las Palmas parte con la obligación de pelear por la zona alta, tiene una plantilla construida para dominar partidos y jugaba en su estadio. Sin embargo, terminó necesitando a Caro para sostenerse.
El portero canario acabó siendo uno de los grandes protagonistas del encuentro.
El Albacete mereció más. El empate parecía el resultado mínimo que podía llevarse de Gran Canaria y una remontada tampoco habría resultado escandalosa viendo lo ocurrido después del descanso.
Pero el fútbol volvió a ser cruel.
Sandro marcó en el descuento y mandó al Albacete de vuelta a casa sin premio.
Aquí es donde conviene separar el resultado de las sensaciones.
El Albacete perdió. Eso no se puede maquillar. Tampoco se puede convertir una derrota en una victoria moral porque el equipo compitiera bien.
Pero sí se puede analizar qué ocurrió.
Y lo que ocurrió es que Alberto consiguió que un equipo muy limitado por las bajas compitiera contra uno de los proyectos llamados a estar arriba. Consiguió cambiar el partido desde el banquillo y consiguió que su equipo terminara dominando a un rival que, en teoría, debería haber tenido el control.
Eso también forma parte del fútbol.
Quizá esta sea la parte más importante.
Este no es todavía el Albacete que Alberto tiene en la cabeza.
Le faltan futbolistas. Le faltan alternativas. Le faltan jugadores que deben regresar de lesión y le faltan semanas de trabajo para que todas las piezas encajen.
Cuando vuelvan Pacheco, Agus Medina, Capi, Valverde, Puertas, Higinio y, sobre todo, cuando se pueda encontrar una solución para la baja de Obeng, Alberto tendrá muchas más herramientas.
Entonces podremos empezar a juzgar realmente hasta dónde puede llegar este equipo.
Pero la primera prueba ya ha dejado una pista.
Con siete bajas, con un centro del campo improvisado y con una delantera bajo mínimos, el Albacete no dejó de competir.
Eso no da puntos. No arregla la derrota. No cambia la clasificación.
Pero sí explica muchas cosas.
Explica por qué el Albacete ha decidido convertir a Alberto González en el entrenador del proyecto más longevo de Segunda División. Explica por qué el club sigue confiando en él. Y explica por qué, incluso cuando las circunstancias parecen invitar a bajar los brazos, este equipo encuentra la manera de volver al partido.
Alberto no hizo magia en Gran Canaria.
Hizo algo más difícil: consiguió que el Albacete siguiera siendo el Albacete cuando casi nada estaba de su lado.
Y eso, después de una sola jornada, quizá sea una de las mejores noticias que deja la derrota.