Escrito por: Hugo Piña
domingo, 18.10.2026
Hay derrotas que duelen por el resultado y otras que duelen porque confirman que el equipo al que quieres se está cayendo sin que nadie parezca capaz de frenar la caída.
Ser del Alba es, a veces, un ejercicio de resistencia. De paciencia, de fe y de una lealtad que cuesta explicar a quien no siente estos colores. Pero también es una forma de sufrir. Y lo que está haciendo el Albacete Balompié en estas diez primeras jornadas es poner a prueba hasta al más fiel de sus aficionados.
Un punto de treinta posibles. Una victoria que no llega, una dinámica que no se corrige y un equipo que, jornada tras jornada, encuentra una nueva manera de agrandar la herida. El varapalo de ayer, con ese gol del Sporting en el minuto 95, no fue una desgracia aislada ni un accidente del fútbol. Fue la confirmación de una situación deportiva desastrosa. Otro golpe cuando parecía que todavía quedaba algo a lo que agarrarse. Otro final cruel para un Alba que lleva demasiado tiempo caminando hacia el precipicio.
Las cifras sitúan a este equipo entre los peores arranques que se recuerdan en la historia de Segunda División, solo con la salvedad del EHA de Tánger de 1940, en una comparación histórica que exige tener en cuenta las diferencias entre competiciones y formatos. Pero no hace falta mirar casi un siglo atrás para entender la gravedad del presente. Basta con mirar la clasificación, repasar los partidos y comprobar que este Alba no encuentra respuestas. Ni los cambios en el banquillo han servido, por ahora, para cambiar el rumbo. El problema es mucho más profundo que un entrenador, una alineación o un gol encajado en el descuento.
Y, sin embargo, es el Alba. Nuestro Alba.
Ahí está la contradicción que solo entiende quien lleva este escudo dentro. Podemos enfadarnos, criticar, desesperarnos y decir en voz alta todo lo que se está haciendo mal. Podemos llegar a pensar que ya no queda nada. Pero al día siguiente seguimos pendientes del equipo, preguntamos por el próximo partido y esperamos que ocurra algo, cualquier cosa, que nos permita creer. Porque una cosa es estar harto de lo que hace tu equipo y otra muy distinta dejar de quererlo.
La afición ha estado, está y estará. Estuvo en los buenos momentos, ha resistido los malos y continúa acompañando a un equipo que, a día de hoy, no está respondiendo a la altura de su gente. Más de 12.000 abonados sostienen una fidelidad que merece mucho más que derrotas, impotencia y silencios. ¿Acaso doce mil son pocos? ¿No son suficientes para que alguien explique qué está pasando y qué piensa hacer para evitar que esto termine de la peor manera?
Porque aquí también hay responsabilidades. Y conviene decirlo sin rodeos: en mi opinión, ni Toché, ni Alberto González ni Joseba Etxeberría pueden cargar por sí solos con toda la culpa de este despropósito. Se podrán discutir sus decisiones, sus planteamientos y su gestión deportiva. Por supuesto. Pero reducirlo todo a tres nombres sería quedarse en la superficie de un problema que afecta al proyecto en su conjunto.
La propiedad también debe dar la cara. Desde 2017 ha estado al frente del Albacete y es comprensible que el desgaste exista. Sostener un club durante años no es sencillo, y menos aún cuando las cosas se tuercen. Pero precisamente por eso, porque hablamos de una responsabilidad que va más allá de una mala racha, hacen falta explicaciones. A estas alturas, la afición necesita saber qué proyecto hay, qué decisiones se van a tomar y quién asume los errores. No basta con dejar que el fútbol hable cuando lo que está diciendo resulta tan demoledor.
Si el descenso termina consumándose, habrá que preguntarse también qué futuro espera al Albacete y qué disposición tiene la propiedad para afrontarlo. No es una cuestión menor ni puede aplazarse indefinidamente. El silencio no despeja las dudas: las multiplica.
Y pese a todo, seguimos haciendo cuentas. Seguimos pensando que hay opciones, aunque sean muy pocas. El corazón todavía se resiste a aceptar lo que la clasificación grita cada semana. Las matemáticas, en cambio, no entienden de sentimientos: el Alba necesita sumar al menos 50 puntos de los 96 que quedan en juego para alcanzar esa frontera que suele marcar la permanencia. Casi nada. Un desafío enorme para un equipo que apenas ha conseguido uno de los treinta primeros.
Pero ser del Alba también es eso: mirar la realidad de frente sin renunciar del todo a la esperanza. No se trata de negar el desastre ni de disfrazarlo con discursos vacíos. Se trata de exigir que alguien reaccione, que se asuman responsabilidades y que quienes tienen capacidad para decidir estén a la altura de un club que representa a mucha más gente de la que cabe en un despacho.
Hoy estamos tocados, enfadados y cansados. Tenemos motivos de sobra. El equipo ha hecho demasiadas cosas mal y el tiempo empieza a jugar en su contra. Pero el Alba no es solo lo que sucede durante noventa minutos, ni siquiera cuando el golpe llega en el 95. El Alba también es su gente, los que viajan, los que animan, los que sufren y los que volverán a estar cuando llegue el siguiente partido.
Porque podemos decir y desdecir. Podemos criticar hasta quedarnos sin palabras. Podemos estar decepcionados con quienes dirigen el club y con quienes visten la camiseta. Lo que no cambia tan fácilmente es lo que sentimos por estos colores.
Ser del Alba es querer a tu equipo incluso cuando te lo pone muy difícil. Pero quererlo también significa exigirle que esté a la altura de su historia y de su gente.
Y ahora mismo, nuestro Alba está muy lejos de estarlo.