Es increíble cómo puede cambiar tu vida cuando decides transformar tu pensamiento, y Enrique Martín lo ha hecho. No solo lo ha conseguido con sus jugadores, sino que también con los aficionados. Martín, en octubre, cogió las riendas de un Albacete hundido y goleado que solo pensaba en sobrevivir a una temporada dura. A día de hoy, el equipo blanco está a 7 puntos del descenso, nadie les ha vuelto a golear y la afición ha empezado a ilusionarse por primera vez en mucho tiempo por luchar por el playoff. Todo esto es mérito de la bruja de Campanas y su amplio conocimiento en las técnicas de motivación. Martín ha hecho de una plantilla confeccionada casi a última hora, una de las más regulares de la competición. Además, ha hecho que la afición sueñe con algo que parecía imposible hasta para los más optimistas. A pesar de todo esto, a Enrique no se le ha valorado por todo el trabajo multidisciplinar que ha dado frutos tanto en el equipo como en la afición, sino que se le ha juzgado por prometer algo que no va a poder cumplir. Y yo me pregunto, ¿qué tiene de malo ilusionarse? Gracias a una tabla cedida por @vintage_stats, podemos observar que si únicamente contamos las jornadas en las que Enrique Martín ha estado en el banquillo blanco, el Albacete se colocaría en la décima posición de la tabla a solo 5 puntos de los puestos de promoción.

Enrique Martín no ha prometido nada, solo se ilusiona como hacemos todo el mundo cuando creemos en nuestro trabajo. Por eso, Martín se ha convertido en un verdadero soplador de brasas, ya que no solo sabe sacar el máximo de todos los jugadores, sino que ha despertado las ganas de luchar por metas que parecían inalcanzables tanto en ellos como en la afición. Martín se ilusiona e ilusiona porque desde que llegó el Albacete es el segundo equipo menos goleado, porque nadie le gana por goleada, porque cree en su equipo, porque quiere llenar el Belmonte y sobre todo porque entre ir y no ir, siempre ir, queda la experiencia.