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lunes, 24.11.2025
El Albacete Balompié vive una de las etapas más estables de su historia reciente bajo el paraguas económico de Skyline International, propiedad de la familia Kabchi. La gestión ha permitido al club respirar en un ecosistema marcado por el férreo control financiero de LaLiga, evitar sobresaltos y competir sin las urgencias que durante muchos años condicionaron cualquier decisión deportiva en el Carlos Belmonte. La estabilidad es, sin duda, un valor. Pero también abre un debate creciente: ¿está el proyecto mostrando la ambición necesaria para aspirar a algo más?
La afición sostiene una sensación compartida: el club podría dar un paso más si quisiera. Y las expectativas crecieron especialmente tras el pasado verano. Las ventas de Alberto Quiles al fútbol chino, Kofane al Bayer Leverkusen y otras operaciones dejaron ingresos importantes. Muchos interpretaron que era la oportunidad perfecta para construir un proyecto competitivo, capaz de pelear por el play-off sin que eso supusiera romper la sostenibilidad económica.
Sin embargo, el mercado no respondió a esa ilusión. La plantilla del Alba, hoy por hoy, adolece de debilidades en todas las líneas:
En defensa, las lesiones han impedido consolidar la pareja Vallejo–Pepe Sánchez.
En el centro del campo, la dependencia de Riki y la falta de alternativas de garantías han generado inestabilidad.
En la portería, las dudas entre Mariño y Lizoain siguen abiertas sin que ninguno haya consolidado seguridad defensiva.
En ataque, la ausencia de un goleador contrastado ha sido evidente: ni Jefté, ni Escriche, ni Higinio han logrado asumir ese rol.
Los resultados, lógicamente, reflejan esa falta de contundencia. El Alba se mueve en mitad de la tabla, lejos de los puestos nobles, y la clasificación —por muy igualada que sea— evidencia que este equipo no está construido para competir con los candidatos al ascenso. La pregunta vuelve con fuerza: ¿podría estarlo si Skyline hubiera apostado con más decisión el pasado verano?
El mercado de invierno abrirá una ventana que puede definir la dirección del proyecto. La hinchada lo tiene claro: si la propiedad quiere que el Albacete dé un salto competitivo, debe reforzar las carencias evidentes. Si no lo hace, el mensaje será otro: continuar entre la estabilidad y la modestia deportiva, sin riesgo, pero sin grandes aspiraciones.
Y más allá de los fichajes, el futuro de jugadores clave como Agus Medina, Riki o Jon Morcillo —todos en su último año de contrato— plantea otra prueba. Toché tendrá que convencerlos, y para ello deberán comprobar que el proyecto avanza, que existe un plan y que Skyline no solo quiere un club estable, sino también un club ambicioso.
El debate está servido. Y no es un debate menor: afecta a la identidad y al horizonte de un Albacete que, por historia y masa social, sueña con algo más que la relatividad deportiva, aunque sea una relatividad envuelta en una envidiable salud económica, social e identitaria (con una de las cifras más alta de abonados en Segunda).